miércoles, 10 de julio de 2013

TRAS LOS RASTROS DE LA MUERTE FLORAL DE UN ARTISTA

Perfil


DE CÓMO UNA ROSA HERMOSA SACADA DE UN ROSAL PUEDE SER EL ADORNO DE UN HOTEL CINCO ESTRELLAS O EL ÚLTIMO ADIÓS EN UN FUNERAL.
Por Noelia FLORES CUETO

Su sueño por despegar los cielos y volar atendiendo a pasajeros lo llevó a salir de un amigable complejo habitacional de una ciudad pequeña en Perú, luego dejó sus estudios de fly hostel  para dedicarse a su pasión, las flores. Conoció el mundo gracias a ellas, sin embargo hubo un momento en el que su alrededor se empezó a marchitar debido al virus del VIH no conocido en esa época; en ese entonces no hubo abono humano, ni fertilizante que pueda podar, ni sacar la hierba mala que se iba gestando poco a poco dentro de él. Mucho menos comprensión social que entienda a estos seres humanos  que son flores; sin embargo, gracias al prejuicio son vistas como plantas venenosas.

Es un domingo de primavera por la tarde, una figura delgada se balancea por las calles de Lince, en realidad es Jesús María, pero como recién llegó con su hermano y está conociendo Lima, él está convencido de que camina por Lince. Gustavo se imagina volando mientras pasa por un inmenso parque y recrea como un niño su voz dando la bienvenida a todos los tripulantes a bordo en alguna exclusiva aerolínea, piensa que con esa carrera podrá viajar mucho y conocer todo el continente, quién sabe hasta llegar al otro lado del mundo.

Cruzando el parque, entre los árboles, Gus como le dicen, divisa a muchas personas con rasgos orientales entrando a un local ubicado en una esquina de la Av. República de Chile y Arenales que lleva en el techo un círculo en cuyo centro se dibuja una cruz y en la intersección, una esfera roja.

La iglesia mesiánica no demoró en llamar su atención, ingresó fácilmente. Empezó a acudir, siempre bien vestido, muy pulcro, muy chick, muy atento, estilo Jhon Travolta, una sonrisa deslumbrante y un trato con el que fue ganándose el respeto y cariño de jóvenes y miembros superiores. 
Cada vez las responsabilidades que se le asignaban dentro de las actividades le permitirían abrirse nuevos caminos en los talleres de formación.

En medio del olor a paz y de la energía cálida de todos los días que a Gus le atraía de la iglesia, le llamó la atención la risa de Mariel, una joven delgada con melena alborotada que se movía de arriba a abajo en todas las actividades. Fue ella quien le comentó acerca de los talleres de ikebana o "flor viva colocada", que es el arte japonés que une la belleza de las flores con la mente y el alma por medio del silencio.

Las manos de Gus danzaban como olas en verano cuando trataba a las flores. Desde el ramo hasta los pétalos, las veneraba con su propia vida y Mariel vió en él la nobleza de una amistad que jamás moriría. 
Pronto Gus y su hermano estarían viviendo en casa de la familia de la joven, con tanta confianza como para salir desnudo de la ducha cubierto solo de su pía bata y espolvorear las sábanas blancas de su cama con todo el talco posible y entrar, cual ritual de emperatriz, a rozar con el sueño delante de sus compañeros de cuarto quienes reían siempre de sus ocurrencias. Éste pata es de otro mundo, pensaban.

En la pensión comían, reían, viajaban, conversaban, se abrazaban, lo hacían todo juntos, en realidad Gus hacía todo, menos deporte. El arte y la cocina eran su afición y pasión, hasta ahora la joven Mariel, quien es actualmente una hermosa mujer que pasa los 50 años, sigue limpiando la lechuga como “su” Gus le enseñó.
Entre esos almuerzos domingueros Gus se hizo amigo de un joven periodista, José, que tenía como sueño trabajar en la redacción de un emblemático periódico peruano.


Llegó el momento, Gustavo tenía una noticia para todos. "Me voy a Brasil, luego me enviarán a México a seguir capacitándome para ser maestro de ikebana". Todos intercambiaron teléfonos. Su familia lo apoyó, su madre lloró, el artista de la familia se iba, volaba como siempre quiso. Su hermano, a seguir con la medicina, su amigo con el sueño de trabajar en el periódico emblemático y Mariel feliz por todos y triste porque la juventud dura poco. 
En uno de sus viajes conoció el paraíso terrenal ubicado en Kyoto (Japón) y pensó, rodeado de árboles de cerezos: "recordando esta vista podría morir tranquilo, éste es el día más feliz de mi vida".

 -Alo, buenas tardes por favor con José?
-Gustavo
(...) 
-En México, la vida es agitada, más que en Lima, pero vivo  en un departamento hermoso. Me he comprado un perro, un galgo de color canela, es mi compañero. Además el depa tiene unas columnas griegas, en la parte superior les puse unas masetas lindas de donde caen helechos.
- Qué bien, yo en cambio con todo el estrés del mundo. Ni el D.F se compara, creo. Hace poco me mandaron a España a cubrir una noticia internacional. Me di cuenta que soy homosexual, allá es normal.
-Lo sabía.
- Lo de España o que soy gay, jajaja, broma ¿Qué, en serio tan evidente era?
- Eres una flor, José.
-Gracias, estoy en un dilema, no sólo por eso. Gus, me he dado cuenta que esto de ser periodista no es tan libre como pensé, fíjate que nos enteramos que dentro de la policía hay una lista de por lo menos 300 oficiales con el sonado VIH y no quieren que saquemos esa nota.
- ¿Y tú qué crees?
- Que debe salir. A raíz de esa noticia el director del periódico decidió realizarnos despistajes del virus de forma gratuita y fui.
-¿Por qué estamos hablando de temas tan deprimentes? Antes de que se corte te cuento que me ofrecieron un trabajo en un hotel cinco entrellas hace algunos meses, ahora estoy entre los mejores cuatro floristas del D.F y en mi puesto de flores me va genial.
- Ya son muchos años que no te vemos, ¿cuándo vienes a Perú?
. Si, no?  José los extraño, los quiero mucho. Pienso mucho en ustedes, vengan a visitarme. Se va a cortar la llamada.
-Gus, me hice el examen de despistaje y soy VIH positivo.

José contrajo el virus en España.  Una noche lo invitaron a una desenfrenada fiesta madrileña, donde correría de todo, en especial un nuevo juego sexual del que en el tercer mundo ni siquiera se tenía idea. Consistía en hacer un círculo de hombres desnudos con el miembro erecto y colocar a un invitado al medio, él se colocaba de rodillas y les practicaba el sexo oral a los que estaban parados.


El otoño dejó una hojarasca marrón tendida por los parques del Distrito Federal. Sobre una alfombra blanca,  al igual que una hoja caída, yacía el cuerpo extremadamente delgado de Gustavo, escoltado a su lado izquierdo por su compañero “el galgo”. Una llamada le informó a su hermano, ya médico que debía ir a México a verlo pues una pulmonía, cuando un paciente hacía sida, era muy grave. Ésta había consumido sus pulmones como el piquete que da una abeja en el pistilo de una flor, sacándole el dulzor y la vida. El sida nos privó de su existencia y de su arte, de su sonrisa, su compañía, sus arreglos, el amor a la naturaleza y de su andar elegante. 


José ahora entiende la razón por la que su amigo de alguna forma se incomodó con esa conversación telefónica y el motivo por el que se distanció de Lima por muchos años. 
Y no puede creer cómo el mismo virus se llevó al artista y dejó al periodista, se llevó al de las flores y dejó al de las letras; quizá fue para que algún día tenga la suerte de escuchar en una de sus tantas entrevistas al testimonio de Julio Rondinel, el dirigente de CEFFIRO, un psicólogo que lidera dicho grupo que apoya a personas de todo el Perú, cuyo fin es brindar soporte emocional, educativo y jurídico a todas las personas que acuden a él. Julio ha creado una hermosa cadena de solidaridad que se nutre de personas que han contraido el virus y otras que ayudan por el gusto de hacerlo, una de éstas últimas es José.

José a veces siente que desde algún parque Gustavo está presente.



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