jueves, 13 de diciembre de 2012

De fieras solo nacen Leonas

Era de noche, estaba oscuro todo.
Los primeros besos de la adolescencia, apasionados y vírgenes como todo lo virgen que puede haber en una mujer iban encendiendo la piel canela que parecía que en algún momento explotaría en llamaradas causadas por frotamientos epidérmicos. Él había logrado enseñarme a ser atrevida, cuando ya lo era, pero curiosa en exceso.

Un colegio de monjas no es el mejor lugar para aprender una de las materias innatas en el ser humano como lo es la sexualidad; allí te enseñan la reproducción por medio de videos en donde el óvulo es la caricatura de una señora rosada y gorda y los espermatozoides unos flacos, blancos y cabezones, cuyo líder-si no me equivoco- usa un casco militar.
Sin responsabilizarlas de mi entonces ignorancia sexual y con el respeto y amor que les guardo a las monjitas; artesanas de ostias riquísimas que regalaban a la salida del colegio, en realidad no eran ostias porque no tenían la forma redonda ni estaban benditas, eran sobras de los moldes que si untabas con un poco de mermelada de fresa o manjar te hacían ver el cielo cuando estabas en la cocina de tu casa; digo que el cole no fue el mejor lugar donde desasnarme sexualmente, y cómo no, si andábamos rodeadas de hembras por todos lados y de todas las edades. En este momento pienso lo  rico que es comer la materia sagrada acompañada del dulce placer hecho de frutas.

Por eso quizá mis ganas de huronear lo santo con lo dulce.
Entre besos, abrazos, apretones, mordidas torpes, piel, calor, vellos, pelos, ojos negros clavándose, narices rosándose, botones, telas, algodón y saliva y carne, como canela y leche cocinándose a leña; así iba a presenciar por primera vez lo que él poseía, que yo no tenía y que en el colegio parroquial jamás me enseñaron.


Estábamos en el primer piso del edificio, un portón grande y negro adornado en la parte superior con delgadas rejas, era la entrada principal que le seguía a dos ridículas graditas rojas como todo el piso de la entrada, del pasadizo y de las escaleras; para nosotros era una muralla protectora de chismosos y mirones, que hubiésemos encontrado practicando lo mismo en algún parque.
En la entrada había un huequito que arquitectonicamente fungía de hogar, donde jugábamos a ser grandes.
¿Viste que cuando estás emocionada todo sonido es una música de fondo? Así, los carros y las personas que estaban al otro lado de nuestra muralla eran trovadores urbanos, nada más.
Entre besos un sonido inusual de metales pinchó nuestra burbuja de húmedo romance. Metales que chocando eran cristales que sonaban como campanitas en esa sinfónica que habíamos construido los dos en nuestro silencio. Aguanta-pensé, mientras él me mordía los labios, yo abría los ojos como si saliera de un sueño y mi sentido auditivo se agudizaba- esas son llaves, no malditas campanas de Walt Disney. Son llaves y una está entrando en la chapa (como él hubiese querido esa noche, por primera vez, entrar en mí) y está girando y él está con el pantalón a media caña y su casaca está en el piso y yo estoy roja y mis labios están hinchados y le digo "tu pantalón, ciérral..." Se abrió el portón.
Mi madre. No, "ay, mi madre".

Mamá, no es lo que estabas pensando. No lo botes, no jales así su camisa, no pongas tus manos en su cabeza, no agarres su pelo como si fuera un waipe que vas a arrastrar para limpiar la mancha de lo que iba a ser nuestro "pecado" ¿Qué haces? ¿Mamá, lo estás pateando? Menos mal que en tu trabajo prohíben las uñas largas, de lo contrario su cara hubiese quedado lista para jugar michi y en vez de uniforme turquesa debiste haberte vestido de gris y usar borceguís. Mamá, eres el régimen militar del amor.

Penoso todo, oscuro todo, salvo las pupilas dilatadas de ella. La Velasco Alvarado de Tacna que imponía la reforma arrecharía, así vi a mi madre ese día.
Mis noches largas me las pasaba escuchando que él tiraba piedritas a la ventana de mi cuarto, yo salía a verlo, nos mirábamos un buen rato hasta que terminábamos de conversar con los ojos y luego, sin decir una palabra, cerraba la ventana y lo veía marcharse. Me iba a llorar y a no poder dormir en la cama, ni en el piso, ni en mi baño, incluso cuando dormía soñaba que sufría por él y con él . Yo creía y yo sentía que él era el amor de mi vida. Lo extrañaba tanto y mi vida todos los días sonaba a la voz de Paloma San Basilio y tenía la intención de vivir cantando por los siglos de los siglos esa melodía.

Te extraño, como se extrañan las noches sin estrellas. Como se extrañan las mañanas bellas, no estar contigo por Dios que me hace daño.Te extraño, cuando camino, cuando lloro, cuando río, cuando el solo brilla,  cuando hace mucho frío, porque te siento como algo muy mío. Te extraño como los árboles extrañan el otoño en esas noches que no concilio el sueño, no te imaginas amor como te extraño, te extraño en cada paso me siento solitario, cada momento que estoy viviendo a diario me estoy muriendo amor porque te extraño.

                                                                        *                       *                     *

Así me puse a pensar un día que me preguntaba qué es para mí
.el amor
.Lo encontré 
Tenía 5 o 6 años.
Ella estaba echada en la cama grande, donde en las noches dormía con mi papá.
Su bata siempre la recuerdo blanca y a ella limpia, hasta cuando no se baña huele a sudor dulce. Su sonrisa infla sus pómulos como si hubiesen sido besados por botones de flores que se abren a los primeros rayos del sol en primavera.
De noche o de día, todo ocurría tras una de las guardias de mi papá. Si era de día las tres estábamos echadas a punto de levantarnos y si era de noche las tres estábamos echadas a punto de dormir.
Mamá, lo asustamos?
Ya yayayaya, hay que meternos debajo de las sábanas.
Entraba el negro alharacoso, metiendo bulla como siempre.
Calladitas, aguantábamos la risa. Él entraba y saltábamos a abrazarlo. Se miraban enamorados, estoy segura de que ahora se aman más.

Hospital Hipólito Unanue-Tacna. La U.C.I en mi época estaba en el
cuarto piso, luego del terremoto no sé dónde está.

Las guardias fueron parte de mi niñez y las supe entender y las aprendí a aceptar como parte de mi vida. Era entretenido dormir en la Unidad de Cuidados Intensivos (U.C.I) con la tentación de subir a uno de los viejos ascensores para descender a la morgue. Qué paja debe ser la morgue- pensaba mientras me acomodaba en una de esas camas grandes de pacientes-se lo contaría a mis amigas y se lo escondería a mis papás.
Mi mamá se turnaba entre sus pacientes y yo, alguna de sus amigas me venía a ver de rato en rato, sobre todo algunas técnicas nuevas que querían mucho a mi mami. Todo estaba bien, salvo que no debía tomar mucha agua de noche, ya que le tenía tremendo miedo al baño del hospital, sobre todo por esa forma de "chata" que tenía el water, además el material  tan frío hacía que se me congele el poto.

Cuando ella regresaba de trabajar a medio tiempo, esos son turnos, pobre mi mamita, llegaba muerta  y pía con su uniforme tiza, oliendo a desinfectante y medicinas y alcohol y todas esas cosas que tiñen a la piel de color marrón lista para ser inyectada. Mi hermana menor, por eso siempre será mi hermanita dicho con todo el amor,  y yo le rogábamos que vaya a nuestro cuarto, pero su cansancio la postraba automáticamente en su cama.
Para los niños nada es imposible, así que no importaba el cansancio.
Mami, un cuento.
Y empezaba un popurri. Encima mi mamá preguntaba cuál quieren, daba igual si le decíamos Blancanieves o la Cenicienta.
Había una vez una niña que... -¡mamá!- ah? la niña tenía tres chanchitos y se fue al bosque, ahí el leñador entró a la casa de la bruja y se comió la manzana envenenada- ¿y el príncipe mamá? - se fue a la casa de Rapunsel.
Solo nos reíamos, en realidad era como si dijéramos: mami, suéltate un chiste pues.
Es por eso que no creo en los príncipes azules, gracias mamá. En serio. Si los príncipes azules existen, entonces también nos deberían contar que la bella durmiente se manejaba un tufazo cuando despertó, además tenía escaras en el cuerpo de tanto estar reposada en cama, así como los pacientes de la U.C.I.
Gracias, mamá. Porque en navidades nunca me regalaste muñecas cojudonas, siempre elegías junto con mi papá: legos, juegos de mesa, instrumentos de magia, ajedrez y damas, rompecabezas, raquetas de playa, toallas, baldes y rastrillos de arena, sandalias y cosas útiles. Igual sabías que mis muñecas terminarían olvidadas en alguna esquina del cuarto con el pelo chamuscado. El playgo y el atari (o como se escriba)siempre fueron lo máximo. Esos juegos me enseñaron a construir en vez de pensar que debo cuidar a un bebé cuando en realidad las niñas deberían disfrutar de su infancia.
Mamá, gracias por enseñarme el valor de las cosas materiales. Gracias por haberme dicho: Hoy no se puede o "te lo compro, pero lo cuidas, Noelia" abriendo bien los ojos con el iris flechándome, hasta ahora así me hablas, esa mirada domó mi alma de caballo chúcaro. Gracias infinitas. Ahora puedo aceptar las negativas y las críticas por tus "no".

Ya estábamos grandes, yo tenía 10 u 11. No sé cómo, pero en mi casa se mencionaba continuamente un viaje, un curso, una ciudad y un país: Santiago de Chile en Chile (en dónde más, po).
Mi papá se iba un año enterito a hacer un curso, todos ya teníamos un acuerdo tácito de que era en pro de la familia y que pronto hablaríamos de esto en pretérito.
Santiago de Chile
Así sucedió y un año enterito ella también fue padre, regia y recia como ella sola, carajo. Con sus crías de arriba a abajo. Seguía chambeando duro, renegando más que nunca y amándonos como tesoros, como oro negro en realidad. (Já) En ese año, con todo lo bella e inteligente que era (y es) jamás coqueteó con nadie, yo no tuve nunca un "tío" misterioso (como suelen decirle a los amantes) que venga de visita, que baje a la playa con nosotras, que la llame, que la recoja de la casa y la deje. Jamás.
Gracias, mamá por enseñarme a ser una mujer fiel a mi pareja, pero sobre todo gracias por serle fiel a tus convicciones. 

Algunas tardes de esas en las que hay que "estirar la plata como chicle" (una de las frases de mi madre como  "ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre" o "zarna con gusto no pica"y "vergüenza se tiene de mentir, de robar y de matar"esta última luego se convertiría en una de las bases de mi filosofía de vida ya que más adelante entendería que matar no solo se aplica a los seres vivos, la confianza también se mata y por eso en  mi adolescencia pude sentir esa vergüenza de la que ella me hablaba cuando era niña. Perdón, mamá).
Íbamos las tres  a una chacrita cerca de mi colegio, por ahí había un parque que te botaba a una pistita que más parecía trocha que llegaba a un portón, no me acuerdo el color, sólo me acuerdo de vacas que eran llamadas por sus nombres, ellas obedientes acudían a su dueño. El olor a leche caliente, casi a nata, el sonido del chisguete blanco que salía de las ubres y chocaba en recipientes a veces de plástico y otras de metal, el olor a tierra húmeda, a caca de vaca;  cómo me gustan esos olores, me hacen recordar mi niñez y el amor fecundo de mi madre. Ella hizo que ningún olor sea malo, si éste evocaba el mejor recuerdo.
Esa hermosa mujer allí estaba viviendo, salida como de un cuadro impresionista con sus dos hijas de la mano y nosotras sosteniendo la leche calientita en bolsas de plástico transparentes o rosadas.
Gracias por cuidarnos, porque a pesar de que estabas sin tu esposo y cansada nos llevabas a ver vacas y oler caca de chacra. Mamá, gracias por enseñarme el mundo, porque ahora acepto el concepto de "los otros" a pesar de que estoy en una Universidad "pituca" donde alguno de ellos cree que son el centro del universo. Me enseñaste que los tontos no son los que no estudian, sino los que creen en una sola realidad.


,Y luego de llamar a mis antiguos recuerdos 
después de haberme preguntado qué es el amor
.me di cuenta de que tú eres todo lo que representa amar










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